
Vivía atormentado. Era pintor.
Se despojaba de sus miserias haciendo que el pincel le tradujera el alma en trazos. Y así sucedía. Su existencia confusa y abrumada conseguía un mínimo de reposo cuando atrapaba al pincel entre sus dedos y se entregaba al lienzo como al primer amor. Así, sus pinturas eran siempre oscuras, goyísticas, lóbregas. Pintaba torbellinos, brumas, rencores, inclemencias humanas y naturales de todo tipo.
Sin embargo, un día, ella llegó. Fue de improviso. Hacía mucho que él había dejado de interesarse y, sin embargo, apareció como un soplo de alegría y tranquilidad, haciéndole, de pronto, olvidar el pincel. Únicamente mirarla a los ojos o sentirla cerca le recordaba el vaivén de las olas en la orilla o la calma absoluta después de que se brindara el caos. De repente se sentía bien.
Un día decidió retomar sus artes (estoy seguro de que ahora mi pintura será diferente), y tomó de nuevo el pincel entre sus manos junto a una variada gama de colores recién adquiridos. Deseó perfilarla a ella, pero de su intento resultó un monstruo bipolar de extremidades violentas. Trató de dibujar algunas flores, y únicamente brotaron cardos y espinos. Provocó al océano y resurgieron cráteres, ansió plasmar la actual limpieza y orden de su habitación, y únicamente logró el hastío… y así con todo lo que pretendía, y así durante días y semanas.
Esto no habría trascendido nunca si aquella fatídica mañana no hubiera decidido pintar su autorretrato.